La asignatura pendiente de las élites: recuperar la confianza

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(publicado en El Confidencial el 24 de Junio de 2016)

“Se ha perdido la confianza en el futuro y se ha perdido por parte de las clases medias,” dijo esta semana Joaquín Almunia en un desayuno. El exvicepresidente de la Comisión Europea vino a hablarnos del futuro de la Unión Europea, y, tras un repaso de los retos más preocupantes (nacionalismos, populismos, proteccionismos), concluyó que la falta de confianza está en la raíz de todo.

Precisamente estaba yo dándole vueltas al tema de la confianza. Hablamos mucho de transparencia en la vida pública, pero tenemos que dar un paso más allá. Se hace urgente recuperar la confianza ciudadana. La confianza es un valor fundamental para casi todo en la vida. Necesitamos confianza para amar, para gobernar y dejarnos gobernar, para invertir y comprar, para superar la adversidad y avanzar.

La pregunta siguiente es: ¿cómo hemos llegado a esta falta de confianza? Sólo un académico centrado en el fenómeno podría llegar a dar una explicación ajustada. La causa más aparente se asocia al lado más oscuro de la condición humana: la avaricia y el egoísmo de algunas élites políticas, empresariales y mediáticas que han venido corrompiendo la democracia liberal fabricando en paralelo una Gran Mentira. La Gran Mentira de un presente y un futuro de oportunidades y seguridades que la economía de mercado por un lado y el estado de bienestar por otro serían capaces de proveernos. A todos.

Los políticos mienten para preservar su propia imagen y llega un momento en que se terminan engañando a sí mismos

La crisis financiera de 2008 hizo estallar la burbuja de la Gran Mentira. “La verdad tiene primacía sobre todas las falsedades,” escribía Hannah Arendt en 1971 en su magnífico artículo ‘Lying in Politics’, donde reflexiona sobre las motivaciones que inspiraron todo el aparato político y tecnocrático que promovió la guerra del Vietnam y que el gobierno de Lyndon Johnson condensó en los famosos Papeles del Pentágono. “En política, el autoengaño es el principal peligro,” afirma Arendt. “El que miente sistemáticamente va perdiendo todo contacto con su audiencia y con el mundo real, que tarde o temprano le alcanzará.”

Los políticos mienten para preservar su propia imagen y llega un momento en que se terminan engañando a sí mismos. No hay nada nuevo en esto. Pero la historia nos demuestra que la mentira y las falsas construcciones siguen siendo el ‘standard procedure’. En septiembre de 2008 José Luis Rodríguez Zapatero negaba la mayor en Nueva York ante una audiencia internacional que escuchaba atónita la frase de, “España quizás cuenta con el sistema financiero más sólido de la comunidad internacional.” En noviembre de 2011 Mariano Rajoy nos prometía que no subiría los impuestos y fue lo primero que hizo al asumir la Presidencia del gobierno.

Ahora emergen partidos nacionalistas, populistas y proteccionistas que no es que mientan, se regodean en un escenario ilusorio donde la justicia social es la gran promesa para alcanzar el ansiado poder. Ante la desconfianza ciudadana y su desesperanza, ofrecen una esperanza fabricada y cuentan con la gran baza de no haber frecuentado aún la mala compañía de la corrupción política.

Ante la creciente desigualdad y la tenaz corrupción, “la rebelión contra las élites está en su apogeo y no podemos ignorar este fenómeno”

Mientras, las élites económicas contemplan con horror a estos portavoces de nacionalismos, populismos y proteccionismos. Pero sus quejas se quedan deslegitimadas, pues siguen acumulando una riqueza que se ve constantemente amenazada por esa falta de legitimidad. Por poner un ejemplo: según un informe que ha publicado este jueves Capgemini, el número de millonarios en España ha crecido un 50% desde el 2008, pasando de 127.100 a 193.000. Ya lo alertaba el columnista del ‘Financial Times’ Martin Wolf en febrero de este año, ante la creciente desigualdad y la tenaz corrupción, “la rebelión contra las élites está en su apogeo y no podemos ignorar este fenómeno.”

Unas y otras élites, las políticas y las económicas, por su propio bien e interés, tienen la responsabilidad de pensar en cómo devolver la confianza a la ciudadanía. Las económicas tienen que pensar en cómo se puede conjugar el liberalismo económico con la justicia social. Despertar la empatía real de los que ostentan el poder económico por el bienestar de sus conciudadanos es una asignatura pendiente del liberalismo. Las élites políticas van a tener que enfrentarse a una sociedad digitalizada donde los datos y las filtraciones están mucho más al alcance de la opinión pública. Mentir en este contexto de transparencia se hace cada vez más complicado.

Rachel Botsman, la gran gurú de la economía colaborativa, considera que la confianza será la gran moneda de cambio del siglo XXI. “Mucha de la confianza se ha perdido en el mundo porque no veíamos las cosas.” Ahora lo vemos todo y esa visibilidad tiene unas consecuencias que conduce a mejores comportamientos. Si la ciudadanía avanza en esa dirección, ¿por qué no sus élites?

 

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