Liderazgo público y el camino del Shamatha

“Hasta que no nos liberemos de nuestras aflicciones mentales, no dispondremos de verdadera libertad de elección.” Esta fue una de las frases que más resonaron en mi a lo largo del retiro en el que he estado sumergida esta Semana Santa. Es una frase de Alan Wallace, referencia internacional en el cultivo y desarrollo de la atención. “Retirarse del mundo, no es escapar, sino prepararse estratégicamente para ganar la próxima victoria.” Fue la segunda frase más cargada de sentido para mi, y hubo cientos.

Este retiro, titulado “El Camino del Shamatha” y organizado por el Nirakara Mindfulness Institute (organización vinculada a la Universidad Complutense de Madrid) y la Fundación Sakya en el magnífico monasterio Budista de Pedreguer, en Alicante, me ha transformado profundamente por haberme ayudado a comprender intelectualmente y a la vez experimentar dos cosas. Por un lado, la idea y la vivencia de que la relajación, estabilidad y claridad que desarrollamos cuando meditamos disciplinadamente con técnicas específicas nos colocan en una dimensión desde donde podemos afrontar el mundo con un sentido claro e integrador de quiénes somos y de nuestro propósito. Por otro, el hecho de que la felicidad genuina está más allá de los placeres hedónicos a los que nos aferramos de manera inconsciente. Esta felicidad nos lleva a un estado de tal fusión con el universo que nuestra propia mortalidad, y la experiencia de la misma, cobra un nuevo sentido.

El sábado que dio comienzo al retiro, yo me encontraba estresada después de semanas de mucha actividad, pero sobre todo de mucha dispersión y de pocas horas de sueño. Antes de llegar a Pedreguer, mi buen amigo Guillermo Muñoz-Alonso y yo tuvimos que pasar por la ciudad de Alicante y decidimos comer en uno de sus restaurantes míticos. No nos resistimos a nuestras dos copas de vino, que fueron el punto final a semanas de hiperactividad. Llegamos al monasterio Budista a las 4 de la tarde embriagados y cansados.

No somos conscientes del impacto tan tóxico que tiene en nuestro cuerpo y en nuestra mente la tecnología, las exigencias laborales, la velocidad y el ruido a los que nos enfrentamos en los núcleos urbanos. Y nuestra inconsciencia se deja llevar por los estímulos incesantes, que nos azotan alejándonos de nuestro centro de manera gradual. Consumimos café y alcohol, dormimos a medias y mal, no nos detenemos a respirar en momentos específicos del día y quedamos atrapados en una telaraña que los Budistas llaman “Maya”. Y en esta telaraña somos presas fáciles de los “cinco oscurecimientos”: el apego y la adicción a las cosas externas a nosotros que identificamos como fuentes de felicidad propias: una relación, un desarrollo profesional orientado al prestigio y la fama, unas vacaciones de ensueño, el cultivo al cuerpo o la cantidad de tentaciones sensoriales que nos rodean y que la publicidad se encarga de aderezar. Si no logramos satisfacer nuestras ansias, entonces nos irritamos, nos enfadamos, nos cabreamos y caemos en la malevolencia. También somos víctimas del aburrimiento vital, de una sensación de sinsentido y tristeza profundos. Nos acompaña además una ansiedad permanente por no saber llegar, no saber decir que no, no saber qué elegir, qué opción es la mejor. Y por último la incertidumbre ante una vida que se antoja impredecible, que nos puede sorprender para bien, pero también para mal en cualquier momento. Una vida que nos ofrece múltiples destinos posibles y nos sentimos incapaces de elegir por miedo al fracaso o al error.

Así que llegamos embriagados y cansados y nos metimos de lleno en el retiro, que consistía en meditar alrededor de 4, 5 o 6 horas diarias, según cada persona, y a escuchar a Alan Wallace otras 4 horas y media. Infinitos gramos de comida vegetariana, nada de café, nada de alcohol y un contexto natural idílico como demuestra esta foto que me tomaron mientras meditaba.

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Los primeros dos días no hice otra cosa que dormir. No podía mantener ni una sola meditación sin quedarme dormida. Me quedaba dormida mientras escuchaba el discurso brillantemente estructurado y articulado de Wallace (se nota que es doctor en religión por la Universidad de Stanford). Dormí 12 horas las dos primeras noches. Cuando estaba despierta sentía dolores y tensión por todo el cuerpo. Escribí en mi bloc de notas una pregunta que me he hecho un par de veces a lo largo de los últimos 8 meses: “Estoy asustada de lo cansada que me encuentro. ¿Dónde está mi energía natural?” Pero poco a poco fui recobrando esa energía vital, y fui siguiendo las técnicas meditativas cada vez con mayor disciplina, con mayor dedicación. Fui recuperando y a la vez ejercitando mi respiración mientras iba notando cómo el cuerpo se relajaba y se estabilizaba y notaba también cómo ello contribuía a una claridad mental refrescante.

Durante los 6 días de retiro, Wallace nos ofreció una oportunidad única de hacer una inmersión en los fundamentos, las definiciones, los métodos y los fines de las nueve etapas que se han de recorrer para llegar al Shamatha, que no es otra cosa que la unificación de la mente con el universo que nos rodea. Un contexto intelectual y teórico necesario para dar consistencia a nuestra experiencia meditativa. Es aquí donde el Budismo cobra un peso específico con respecto a otras religiones, porque ha logrado desarrollar un método de investigación de nuestra propia mente y de su relación con el cuerpo. De ahí que el Budismo sea la religión más cercana a la ciencia, como se desprende de entrevistas como esta. Wallace está especialmente motivado con la idea de integrar el desarrollo de la conciencia a través de estas técnicas milenarias con los avances científicos que se están produciendo en el ámbito de la mente y el cerebro. Para ello ha creado el Santa Barbara Institute of Consciousness Studies. Una de sus principales hipótesis es que la atención, un elemento tan característico de la figura del genio (todos los grandes genios de la historia han sido mentes atentas, según el padre de la psicología norteamericana William James), puede ser ejercitada y desarrollada. Esto se desmarca de las tesis de James y otros que consideraban imposible mejorar o perfeccionar la atención con la que se nace.

Wallace también insistía en la importancia de la motivación. Nos invitaba a que pensáramos y visualizáramos el sentido que queríamos darle a la práctica. Qué consideráramos que nos haría felices, cómo creíamos que nuestro entorno más cercano podía ayudarnos a lograr la consecución de nuestra felicidad, cómo creíamos que podíamos labrar ese camino y convertirnos en esa persona deseada, y qué concretamente podríamos aportar al mundo, a aquellos que tenemos cerca y a los que no lo están tanto. Estas preguntas marcarán nuestro destino. Preguntas muy importantes que requieren de una introspección, un silencio y un aislamiento. De ahí que resonara en mi especialmente su frase de la importancia de los retiros, no como un mecanismo de huida, sino como un repliegue para librar las batallas para las que estamos verdaderamente destinados a luchar.

En un mundo tan complejo, altamente tecnologizado y que provoca tanta desazón, yo visualizo este camino para nuestros líderes, sobre todo para los líderes públicos, aquellos que están al servicio de la sociedad. Estas técnicas van más allá de la religión, son técnicas que puede practicar un cristiano, un judío o un ateo. Muy en línea con lo que propone la filósofa Martha Nussbaum, el cultivo de sistemas que generen las emociones públicas correctas debería ser una prioridad pública. Pues por ahí, por ahí seguiremos avanzando hacia ese destino al que me ha invitado Wallace alcanzar en este retiro.

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